Las nucleares no pueden ser la solución al Cambio Climático

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A pesar de sus bajas emisiones, la energía nuclear no es solución al cambio climático por los graves inconvenientes que conlleva. Además, la aportación nuclear al consumo energético del mundo es demasiado escasa, por lo que su extensión a los niveles necesarios requeriría unos esfuerzos técnicos y económicos desorbitados. Es mucho más práctico y sensato dedicar esos esfuerzos al desarrollo de energías limpias y a técnicas de almacenamiento de electricidad, así como a medidas de ahorro y eficiencia.

La energía nuclear aporta aproximadamente el 4,4% de toda la energía consumida en el planeta. En estos momentos hay 438 reactores abiertos, incluyendo los de Japón que se encuentran todos parados menos uno. Considerando las emisiones medias del sistema energético, sólo contribuyen a evitar el 4,5 % de los gases de efecto invernadero, lo que resulta una magra aportación teniendo en cuenta los problemas que conlleva esta fuente de energía (evitan un 14% de la emisión de GEI en la generación de electricidad).

Las centrales nucleares producen grandes cantidades de residuos radiactivos de muy baja, baja, media y alta actividad que han de ser mantenidos apartados de la biosfera para que las radiaciones ionizantes no dañen a los seres vivos. Aunque menos abundantes en volumen, son especialmente peligrosos los de alta actividad, pues son radiactivos durante cientos de miles de años. La gestión de estas sustancias implica grandes esfuerzos tanto técnicos como logísticos y, a menudo, en muchos países del mundo, corre a cargo del dinero público o de tasas satisfechas por los consumidores. Esto ha sido así en la Unión Europea hasta 2005, en que el Consejo de la Competencia tomó cartas en el asunto. Así y todo, el canon satisfecho por los productores de residuos no será suficiente para cubrir el coste total de la gestión.

Además de la generación de los residuos, está el problema de la seguridad. El accidente de Fukushima trajo otra vez a primera línea de debate el riesgo que supone tener las centrales nucleares en funcionamiento. En el caso de Fukushima, las aún no resueltas fugas radiactivas aumentaron el sufrimiento provocado por el terremoto y el posterior tsunami.

Para que la energía nuclear fuera una verdadera alternativa al cambio climático, debería aumentar sustancialmente su participación en el mix energético, lo que, por otra parte, implicaría la electrificación masiva del transporte. Habría que multiplicar su contribución por un factor 5 al menos para que pudiese jugar algún papel y aportasen aproximadamente el 20% de toda la energía. Eso implicaría emprender construcción de centrales en todo el mundo a toda velocidad. Según el OIEA existen solo 70 reactores en construcción, lo que resultaría claramente insuficiente, pero además esta cifra incluye todo tipo de proyectos. Es decir, estarían disponibles menos de la cuarta parte de las centrales necesarias para alcanzar dicho objetivo.

La ampliación del parque nuclear supondría la multiplicación de los residuos a gestionar y el aumento del riesgo de accidente. Pero además, el acceso a esta fuente de energía de países más pobres y menos desarrollados democráticamente implicaría un aumento grave de la inseguridad por la falta de controles democráticos sobre las empresas por parte de los organismos reguladores, que sería necesario crear en esos países, y por parte de la sociedad civil. Según el MIT (Massachussets Institute of Technology) una de las causas del accidente de Fukushima fue la falta de independencia de la Agencia de Seguridad Nuclear japonesa, que le impedía hacer un seguimiento cabal de la situación de las plantas nucleares. No es fácil imaginar organismos reguladores independientes y firmes en países sin cultura democrática, ni tradición de separación de poderes, cuando ni siquiera los tenemos en países que presumimos de garantías democráticas, como España o Japón.

Asimismo, el avance de la tecnología nuclear en esos países puede dar lugar a la tentación del uso de las tecnologías nucleares de doble uso para el desarrollo de armas nucleares, con el consiguiente aumento de la proliferación nuclear y de la inseguridad mundial. Tenemos el reciente ejemplo de Irán que puso en marcha un programa de enriquecimiento de uranio mediante centrifugación gaseosa: es imposible discernir si las centrifugadoras iraníes son para fabricar combustible o para fabricar uranio enriquecido para las armas nucleares.

El incremento de la potencia nuclear no puede ser muy rápido, en cualquier caso, dado que el tiempo de construcción supera los 10 años, incluso en los reactores más nuevos que se están realizando en Europa, los de Olkiluoto (Finlandia) y Flamanville (Francia). El coste de cada uno de estos reactores triplica ya lo que se presupuestó y supera los 9.000 millones de euros, lo que supone otra gran dificultad para lanzarse a la aventura nuclear: de dónde sacar la enorme cantidad de recursos económicos necesarios, especialmente en la actual situación de crisis financiera y de políticas de austeridad. Aunque los costes por reactor no superasen los 4.500 millones (la mitad de los anteriores), estaríamos hablando de un gasto de 9 billones de euros, que supone del orden del ¡13% del PIB mundial!.

Además, las centrales consumen uranio, un combustible que no es sostenible. Las reservas de uranio baratas y fácilmente extraíble del mundo son limitadas y darían para unas décadas al actual ritmo de consumo. Un aumento del número de plantas forzarían a abrir nuevas explotaciones mineras, con el consiguiente impacto sobre el medio ambiente y la salud de las poblaciones cercanas. Además se encarecería el precio del uranio y sus reservas se agotarían mucho antes.

Además, las centrales nucleares regulan mal su potencia, por lo que difícilmente pueden convivir en un mix energético masivamente renovables. Por todos estos motivos, es obvio que la energía  nuclear no es una solución al cambio climático. Por el contrario, la apuesta nuclear dificultaría avanzar en la solución del problema al detraer recursos que deberían dedicarse a las renovables y dificultar la implantación de estas últimos en un mix con una base nuclear.

Francisco Castejón

La tenebrosa historia de Almaraz

El 30 de Marzo de 1981 Leopoldo Calvo Sotelo visitaba la central nuclear de Almaraz para dar el visto bueno a la entrada en funcionamiento del primer reactor. En paralelo, el presidente de Hidroeléctrica Española, José Mª Oriol decía: “hoy es un día de acción de gracias, en primer lugar, al Señor, por permitirnos culminar la tarea personal y profesional iniciada hace veinte años”. Con esta “ayuda del Señor” Almaraz empezaba mucho antes que Valdecaballeros, cuando el movimiento internacional contra la energía nuclear no era conocido aun en Extremadura y se planeaban más de treinta reactores nucleares en España. Si Valdecaballeros fue la historia de una corrupción sin precedentes, imaginemos lo que pudo ser Almaraz. Adenex acaba de publicar un informe de más de cien folios con la historia interminable de episodios ocurridos en más de treinta años. Uno de los más graves fue el vertido de ácido sulfúrico en el circuito secundario sobre el que hay un informe de “Technical Association”, de EE.UU. cuya lectura recomiendo. Pero todo ello forma parte de una historia llena de oscuridades que las compañías eléctricas han resuelto siempre con concesiones económicas a los Alcaldes de la zona, a ciertos políticos y a otras entidades, jugando con el paro de la gente y con la despreocupación de una tierra que no es suficientemente consciente de la tragedia que podría suceder en caso de accidente, como pasó en Trhee Mile Island, en Chernóbil, o más recientemente en Fukushima, lo que ha influido en la decisión de Alemania, Japón y otros países para el cierre de sus centrales nucleares.

Ahora la estrategia es que se prolongue temerariamente la vida de la C. N. de Almaraz, y salen con la exigencia urgente de construir un ATI (Almacén Temporal Individualizado). No les basta que ya se haya prolongado la vida útil hasta los cuarenta años, quieren más, a pesar de encontrarnos ante una tecnología que nunca supo qué hacer con los residuos terroríficos que genera y que pagamos los ciudadanos. Sobre esta estrategia de fondo tendremos tiempo de hablar, pero de momento que escuchen a los expertos del Consejo de Seguridad Nuclear sobre cómo ha podido frenarse la construcción del Cementerio de Residuos Nucleares, otro negocio con el que pretendían forrarse, a pesar de los problemas que desaconsejan totalmente esa ubicación, como bien ha entendido el Gobierno de Castilla La Mancha.

Parece ser que ahora hay una postura responsable de una mayoría de los parlamentarios extremeños que se oponen tanto a la construcción del ATI, como a la prolongación de la vida de la Central de Almaraz. Sin embargo, será inevitable un debate en el que salgan a la luz los datos de esta tenebrosa historia, sin que sea ocultada por la coacción del dinero como tantas veces ha hecho el Lobby nuclear. Ya va siendo hora de que no silencien con cuatro perras el debate en Extremadura, cuando la mayoría de los países se disponen al abandono de la energía nuclear y a acelerar la transición hacia un modelo energético basado en las energías renovables.

Juan Serna

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Mario Gaviria, Juan Serna y José Manuel Naredo, en el encuentro fundacional del MIA en noviembre de 2015

Nace el Movimiento Ibérico Antinuclear

 

EL MOVIMIENTO IBÉRICO ANTINUCLEAR SE ORGANIZA PARA PEDIR EL CIERRE DE LAS CENTRALES NUCLEARES.

El pasado sábado día 7 de noviembre de 2015 tuvo lugar una reunión con los principales representantes del movimiento antinuclear de la Península Ibérica, incluyendo Portugal que también se vería afectado por un hipotético accidente. A lo largo del día, los más de 50 asistentes debatieron sobre los diferentes impactos que conllevaría el alargamiento de la vida de las nucleares y acordaron solicitar al Gobierno el cierre escalonado de las centrales nucleares españolas y pedir a los partidos políticos su compromiso con un calendario de cierre para las elecciones del 20 de diciembre.

Algunos de los asistentes participaron a nivel personal y otros lo hicieron en nombre de diversas organizaciones ecologistas y antinucleares, dando lugar a un espacio en el que se coordinan los principales activistas antinucleares de la Península Ibérica, si bien es posible que, con el tiempo, se amplíe a más países fuera de la Península. Al final del encuentro se acordó mantener este espacio de coordinación de forma estable con el nombre de Movimiento Ibérico Antinuclear (MIA). La reunión contó también con la participación de algunos miembros históricos del movimiento antinuclear que habían participado en las movilizaciones contra los planes para instalar unos 30 reactores nucleares en España, de los cuales solo llegaron a terminarse 10.

El MIA solicitará que no se concedan nuevos permisos de explotación a las centrales nucleares una vez expiren los que tienen concedidos actualmente, de forma que como muy tarde se cierren las nucleares españolas según vayan expirando sus permisos de explotación, si no lo hacen antes por motivos económicos, de seguridad o de política energética . De esta forma, la última en cerrar será la central de Trillo en Guadalajara, que lo hará en 2024. Este lapso temporal permite que las centrales estén amortizadas tras su cierre, lo que habrá posibilitado a sus explotadores recuperar su inversiones y evita que puedan reclamar por ello; evita que los operadores puedan recurrir legalmente al no tener ningún permiso vigente; permite también que una parte de los enormes beneficios de la venta del kWh nuclear en el actual mercado eléctrico español (conocidos como wind-fall profits o beneficios caídos del cielo) se inviertan en las zonas donde han funcionado las nucleares para paliar el efecto de su cierre en las economías locales.

Los principales argumentos que se esgrimen para pedir que no se prolongue la vida útil son la degradación de la seguridad de las centrales según envejecen, en particular por el problema de la corrosión y por el envejecimiento de los diferentes sistemas de control y de seguridad. Asimismo se hizo referencia al problema de la generación de residuos radiactivos, que deben ser reducidos lo más posible, y para los que no existe hoy en día solución satisfactoria, como muestra la falta de acuerdo a nivel internacional sobre el mejor método de gestión.

La minería del uranio y la fabricación de elementos combustibles dejarán de tener sentido con este calendario de cierre, por lo que se solicita que se programe el cierre de la fábrica de elementos combustibles de Juzbado (Salamanca) y que no se  abra la mina de Retortillo-Santidad (Salamanca), cuya explotación se ha concedido a la empresa especuladora Berkeley.

Los activistas antinucleares mostraron su preocupación por la economía de las comarcas donde se han ubicado las centrales, que han visto como estas instalaciones expulsaban a otras actividades y negocios, condenando así a las zonas nucleares a un “monocultivo” económico. Los beneficios sobre las zonas se han reducido prácticamente a algunos empleos indirectos y a los beneficios satisfechos por ENRESA por mantener los residuos de alta actividad en la central nuclear. Además, los procesos de desmantelamiento servirán para mantener los puestos de trabajo mientras todavía están llegando las compensaciones de ENRESA por mantener los residuos. Para el MIA sería más sensato entregar todo este dinero tras la presentación y evaluación de proyectos económicos, en lugar de como se ha venido haciendo hasta ahora, en que se entregaba a los ayuntamientos para que lo gastaran al albur de los representantes municipales, dando así lugar a un caciquismo de nuevo cuño.

El MIA hará público próximamente un documento donde establecerá su plan de calendario de cierre y mostrará sus argumentos en detalle.